jueves, 27 de junio de 2019

15 días en Italia - Primeras 5 consideraciones sobre este país

Bueno, compañeres virtuales de ruta: hemos pasado la primera quincena, y yo creo que parte interesante de viajar es observar qué cosas identifican de alguna manera a la cultura que uno está visitando, en todas sus manifestaciones posibles.

Todo esto del viajar, que implica conocer, comparar y descubrir lugares y personas de otras procedencias e idiosincracias, también en última instancia a mi me ha llevado a conocerme a mi misma cada vez un poco más. Creo que es por eso que cuando viajamos nos pasa sentirnos más parte de un lugar que de otro, sentir cierta pertenencia o cierta exclusión independientemente de si el lugar que pisamos nos gusta o no... Por ejemplo, yo viviría (y de hecho no me he sentido turista, sino que me sentí fusionada con sus locales sin esfuerzo) en Roma o New York, pero jamás podría vivir en París - a pesar de ser ella una ciudad que me parece hermosísima y a la que volvería a visitar cuantas veces pudiera -.

Toda esta intro es para contarles que a lo largo de esos 100 días que pasé en Italia fui observando, conociendo y re-conociendo cuestiones de ese país y de mi. A todas esas cuestiones las he escrito en su momento, cada 15 días, y se las voy a contar en el blog cuando concluyamos cada quincena.

Acá van, entonces, las 5 primeras consideraciones (tal cual como en aquellos momentos las escribí) sobre eso que podemos llamar "lo italiano":

1. Italia tiene los lugares más hermosos que vi en mi vida. Y eso que he visto lugares de verdad hermosos... y que esto recién empieza.

Portofino, Liguria

Navigli, Milán

Porto Venere, Liguria

Vernazza, Cinque Terre


2. Eso de las cosas más hermosas también va para los italianos xD


3. La comida es una cosas de locos. Todo es rico, y todo lo relativo al comer lo vuelven un absoluto placer por esa pasión con la que abordan la vertiente sensual y social que para ellos tiene la comida.

Parmigiana 
Bruschetta al pomodoro

Pizza

Gnocchi

Risotto ai fruti di mare

Spaghetti ai frutti di mare

Tortellini panna e prosciutto

Tagliatelle all´uovo ai funghi Porcini

Tiramisu
Cannoli


4. Tenemos que hablar del desodorante, Italia.


5. Los italianos hablan mucho y con todo el cuerpo. Estoy en casa.


domingo, 23 de junio de 2019

Día 15 - Historias de Rapallo

Mis días en la Riviera Italiana estaban llegando a su fin.
Mi tren de vuelta a Milano - a donde volvía porque en esa ciudad me esperaba uno de los eventos más anticipados y anhelados de este viaje - salía a las 2 de la tarde, de manera que pude aprovechar esa última mañana para caminar un poco por Rapallo.

El casco antiguo de esta ciudad chiquita sobre el mar era ideal para decirle adiós a una región que me dejó enamorada: la Liguria.

Ubicada en el noroeste de Italia, la Liguria es una de las regiones más chiquitas de Italia, pero una de las más densamente pobladas. No es de extrañar teniendo en cuenta lo bella que la vuelve el hecho de estar entre cadenas montañosas y mar. En el medio, sobre una gran bahía natural y partiendo en dos a esta región (dividiéndola en Riviera de Ponente, al oeste, y Riviera de Levante, al este) está Génova, una ciudad que fue próspera y líder durante la época medieval gracias a su privilegiada posición geográfica, lo que le permitió convertirse en un importantísimo imperio marítimo, y volverse una potencia gracias al comercio al punto de ser conocida como "La Superba" (La Soberbia).

Tan hermosas son sus pequeñas ciudades hechas de casas de colores sobre acantilados frente a las aguas mediterráneas, que muchas de ellas fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (Algunas de las cuales conocí: Cinque Terre y Porto Venere)

Rapallo, en la que estuve quedándome durante los tres días posteriores a dejar Cinque Terre es una de las localidades más pintorescas de la región, que atrae al turismo porque es una combinación de historia, paisaje y arte.

Castello sul Mare - Rapallo


Castello sul mare iluminado.

Ubicada al sur de Génova, hoy no es de los destinos más buscados por los turistas del mundo, pero tiene un pasado lleno de esplendor y - lo que a mi más me entusiasma - tiene también un pasado de decadencia y "caída en desgracia" que atrajo a muchos escritores, uno de ellos adivinen quién...
Si, mi querido Hemingway que, a esta altura empiezo a sospechar, me gusta tanto porque antes que escritor era un incansable viajero.
Seguramente, si Hemingway viviera en esta época hubiera hashtagueado así esta foto suya en Rapallo, allá por los años 50:

#wanderlust #travel #rapallo #rivieraitaliana #instawriter

Pero esperen, que me estoy adelantando...


A mediados del siglo XIX, Rapallo era literalmente tomada (especialmente en invierno) por nobles y burguesas familias británicas que llegaban a este lugar de la riviera italiana atraídas por su buen clima y por la belleza de sus paisajes. De esta época son los pasados de moda pero pintorescos hoteles que se ven en el "borgo" antiguo (de hecho esta ciudad me recordó mucho a La Habana, aunque en Rapallo hay euros para destinar al mantenimiento que en la ciudad cubana faltan). También son de esa época dorada las villas italianas (hoy un poco descoloridas), los jardines ingleses y los cafés y restaurantes frente al chiquito pero magnífico Castello Sul Mare, una pequeña fortaleza genovesa, símbolo de la ciudad, que fue construida en 1551 para proteger a Rapallo de los ataques de los piratas turcos.

Antigua postal con el Castello sul mare y el lujoso Hotel Europa

El Hotel Europa hoy

La presencia de estos ricos extranjeros (mayormente ingleses, pero también franceses y alemanes) hizo que se abriera en Rapallo el primer casino de Italia: Inaugurado en 1902 en los salones del Hotel Kursaal - que recibió como huéspedes a, por ejemplo, el Duque de Windsor y su escandalosa Wallis Simpson, o a estrellas de Hollywood como Rita Hayworth -, permaneció en este lugar hasta que en 1927, cuando Rapallo ya no era el lugar trendy que había sido, fue movido a San Remo (Otra localidad costera de la Liguria).


Llegados los años '20 Rapallo pasó de moda - perdiendo como consecuencia de esto el interés de los turistas -; se volvió incluso un tanto decadente, lo que por supuesto la hizo atractiva para artistas, escritores y poetas, como Ernest Hemingway, W.B. Yeats, Ezra Pound o Gabriela Mistral. Mucho antes que ellos estuvo Friedrich Nietzsche, que pasó ahí el invierno de 1882 curándose de su enfermedad y escribiendo el Libro I de "Así habló Zaratustra".

Mi amigo Ernest (a quien llamo mi amigo porque saben, si nos conocemos hace un tiempo, que le stalkeo su fantasma por toda ciudad que alguna vez ambos pisamos) estuvo en Rapallo en varias ocasiones visitando a su amigo Ezra Pound (bien sabemos de la amistad de estos dos nacida en la ciudad de las luces, gracias a lo que Hemingway cuenta en "París era una fiesta")

París era una fiesta

En estas ocasiones, Ernest se quedaba en el Hotel Riviera. Lo menciona incluso sin nombrarlo en su relato "Cat in the Rain", que es parte de una colección de historias cortas sobre las vacaciones en Italia de un hombre americano y su esposa.
Bastante autorreferencial era Hem en sus historias; ese hombre americano y su esposa muy seguramente "estaban inspirados" en él y su primera mujer, como podemos suponer por esta anécdota:

"Durante el invierno de 1923, Hemingway se hospedó en Rapallo, en el modesto Hotel Riviera, junto a su primera mujer Hadley Richardson. Allí ella le comunicó que estaba embarazada y el joven escritor y periodista salió de la habitación crispado y dando un fuerte portazo. Según parece lo tomó a la tremenda, convencido de que las obligaciones de la paternidad acabarían con su naciente carrera literaria". Hayley y Ernest se divorciaron cuatro años más tarde (pues el sujeto empezó un affair con una amiga de ambos, pero esa historia nos excede en esta ocasión).


Y miren ustedes si Rapallo habrá recibido a tremendas personalidades a lo largo de su historia, que si una se pone a buscar encuentra una foto como esta...

Eva Perón en Rapallo, en 1947, durante su tour europeo


Sin embargo fue recién en la década del 60 que Rapallo recuperó su perdido esplendor y se transformó en la elegante ciudad de la riviera italiana que es hoy en día (aunque más económica que sus vecinas Santa Margherita Ligure y Portofino), gracias a que se convirtió en la residencia de retiro favorita de los italianos ricos que viven en el noroeste del país.
Fue entonces cuando los poetas y escritores se fueron a buscar inspiración a otra parte...

Sin embargo esa mañana de martes - tal vez intoxicada todavía de mi día y mi noche anteriores - a mi la bella Rapallo me pareció bastante poética.

El "lungomare" de Rapallo

El chiosco della musica





martes, 18 de junio de 2019

Día 14 - Ligurian Holiday

Muchos de ustedes tendrán en mente - aunque más no sea por solo haber visto una imagen o haberla escuchado nombrar - la película "Roman Holiday".


En ella, la adorable Audrey Hepburn interpreta a Anna (no, no los estoy jodiendo, el nombre es Ana), una princesa en tour oficial por las capitales europeas que una noche se escapa de sus obligaciones protocolares porque quiere vivir fuera de la burbuja de palacio, experimentando la vida sin agendas, siguiendo al menos por un día solo sus deseos. Es entonces cuando entra en escena Joe Bradley, un periodista norteamericano interpretado por un Gregory Peck desplegando todo su charming self; un seductor adorable, bah, de esos que son todo un peligro y con quien Anna pasa un día maravilloso, inolvidable, 100% hedonista en Roma, cliché del paseo en vespa incluído y todo.

Anna y Joe de paseo por Roma en Roman Holiday

Hago referencia a esto por acá porque, aunque lejos estoy yo de tener sangre real, y aunque no me anduve paseando por las ciudades italianas vestida divinamente por Edith Head como Audrey (aunque ya veremos que mi humilde vestimenta también causó su impresión), yo también tuve - pero en una ciudad de la Liguria - mi día maravilloso, inolvidable, 100% hedonista de romance a la italiana, cliché del paseo en vespa incluído, y todo.

Audrey, vestida por Edith Head para su Roman Holiday.

Hecho el spoiler, rebobinemos.

Luego de dejar Cinque Terre y mi hostel en Biassa visité Portofino, como les conté por acá. Pero como también les conté en ese post, no me estaba quedando por ahí, zona extremadamente cara y fuera de mi alcance, sino que encontré una "stanza privata" en una casa en Rapallo, una comuna genovesa sobre el mar de poco más de 30.000 habitantes (lugar éste, al igual que Santa Margherita Ligure, en el que veranean bastante los italianos porque no son los destinos más mainstream que buscan los turistas internacionales).

La casa en cuestión era la de Luca, un italiano que tiene un centro de buceo y de excursiones que te acercan a Portofino por vía marina, excursión de la que yo había tenido que desistir porque tres meses de viaje hacen que una tenga que cuidar el presupuesto (sobre todo cuando pensás dedicarle mucho de ese presupuesto a la comida, porque Italia, queridos!). Sin embargo, para mi grata sorpresa, ese lunes mientras desayunaba con la idea de más tarde recorrer un poco Rapallo, Luca me invitó a unirme a la salida en el barquito de esa mañana y a bucear si lo deseaba.

No, no se adelanten, Luca no es mi galán italiano.

Desayunando con nosotros también estaba Kelly, la novia colombiana de Luca quien se ganó la misión de hacerme llegar al lugar de donde partía el barquito en exactamente una hora, ya que Luca salía en ese instante y yo por supuesto no estaba lista.
Si los italianos tuvieran una puntualidad inglesa hubiera llegado tarde. Por suerte son de los míos (o yo soy de los suyos). La cuestión es que llegué casi corriendo cuando todos los equipos y los pasajeros estaban ya a bordo. Todos menos uno de los buzos, que mientras yo corría los últimos metros me obligó a notarlo ahí parado, con un pie en el barco y otro en el muelle vociferando un "DAI DAI BELLA!".
Y, my friends, claro que lo noté. Por supuesto que, incluso en medio del apuro por llegar, lo noté.
Yes, spoiler alert, este sí era mi galán italiano.

Subí al barquito, pedí las disculpas de rigor - que nadie pareció necesitar, todo eran risas y saludos, oh, Italia... - y el conductor del bote me ayudó con las patas de rana y me alcanzó un snorkel. Lamentablemente no iba a poder bucear porque mi respiración no estaba del todo bien gracias al resfrío/gripe que les conté por acá, y cuando buceás respirás únicamente por la boca - cuestión complicada si, por ejemplo, te sobreviene un ataque de tos, no? -. La verdad fue algo que lamenté, porque la única vez que pude hacer buceo me encantó. De todas maneras, acceder a la marina de Portofino desde el agua, ver la Abadía de San Fruttuoso (a la que solo se puede llegar por mar, o caminando 14,5 km), y sumergirme para ver Il Cristo degli abissi (El Cristo del abismo, una estatua que fue sumergida a 17 metros de profundidad en honor a Dario Gonzatti, un buzo fallecido en 1950 en ese mismo lugar) eran definitivamente planazos.

La Abadía de San Fruttuoso desde nuestra embarcación

Asi que allá partimos hacia el pedacito de mar en el que varios de los pasajeros iban a bucear, y el resto solo nadaríamos o nos sumergiríamos a ver pececitos en un lugar del mar de Liguria completamente desierto y cerca de un acantilado. El pasaje (además de quien les habla) estaba compuesto por una pareja de franceses de unos 50 y tantos, un señor alemán, otro italiano, y una periodista alemana también en sus 50s, Rita - poseedora de uno de los mejores trabajos del mundo: escribir guías de viaje para las cuales debe hacer research in situ, que era justo lo que estaba haciendo con este trip de buceo -, y tres buzos profesionales que guiarían al resto.

Llegando a nuestro pedacito de mar

Desde que partimos il ragazzo no paró nunca de buscar cierta atención y de, sutilmente, hacerse notar. No es que le costara tanto, tampoco... o tal vez no me costaba notarlo a mi, dado que portaba muchas de las características que suelen ser mi kriptonita: era bello, morocho, con ojos bien intensos (verdes ellos), hermosa voz, inquieto, espíritu libre (viviendo algunos meses por acá, otros por allá, de acuerdo a dónde lo lleve su trabajo con el mar), aficionado a la música (el bajo era su instrumento de elección, estúpidos y sensuales músicos!), muy italiano, muy hablador... en síntesis, muy seductor; esos que son un problema cuando de largos plazos se trata, pero que son una delicia si hablamos de un día en el paraíso. Sobre todo si, además de buscarla, te prestan enormes cantidades de atención, y si cada frase que te dicen termina en un casi musical y cantado "bella".

Cuando llegamos al lugar buscado, los buzos y sus aficionados se internaron en las profundidades, mientras las dos que quedábamos y el conductor nos dedicábamos un poco más a la superficie.

 La experiencia de nadar tan alejada de la costa en ese mar hermoso fue increíble.

Mi pedacito de mar de Liguria

Sumergirme después, y ver esto, un flash.
(Aunque esta foto no es mía, y yo no lo vi tan de cerca porque no llegué a tanta profundidad. Creo igual que me gustó más esa cosa de verlo un tanto fantasmal a causa de la mayor distancia...)

Il Cristo degli Abissi, sumergido a 17 mts de profundidad.

Y todo esto entre vueltas a cubierta y charlas con Rita, una mujer con una vida super interesante, con quien quedamos en almorzar juntas cuando el trip en el mar terminara.

Una vez que el resto del grupo salió de los dominios de Neptuno, hicimos un paseo por la marina de Portofino, y luego emprendimos la vuelta.

Marina de Portofino

Así que cuando llegamos a la costa, nos despedimos de todos, y pedimos una recomendación sobre a dónde ir a comer. Mi buzo nos dijo que conocía "EL" lugar, "buenísimas pastas típicas de la Liguria, buen vino y para nada caro", y nos dijo que como ya no tenía que seguir trabajando le gustaría unirse a nosotras, si no teníamos inconveniente. Rita aceptó encantada porque podía seguir preguntándole cosas para su guía, yo acepté encantada porque... ¿necesito decirlo?

Nuestro guía local personal nos llevó entonces a una trattoría pequeña, escondida en una callecita de las que Italia tiene miles, y almorzamos acompañados de un vino blanco que seguramente estaba hecho por elfos, mientras conversábamos los tres sin parar (Acá considero necesario detenerme a decir que el idioma que usábamos era el inglés, y que escuchar a un italiano hablando inglés con acento puede llegar a ser más embriagador que el vino hecho por elfos).

Cuando el almuerzo terminó fuimos a por un gelatto, y luego nos empezamos a despedir. Rita tenía que terminar de escribir un artículo, pero nos propuso encontrarnos más tarde para el aperitivo (ah, "l´aperitivo"... amor todo para con esa costumbre italiana), con la excusa de seguir con la investigación para su guía turística del noroeste de Italia. Nos saludamos entonces con un "A dopo", y ni bien ella dió vuelta la esquina y salió de nuestro campo de visión, Gabriele (pues ya es hora de que le pongamos un nombre a mi ragazzo italiano) me agarró de la cintura y me dió un beso que probablemente sea de los más novelescos que alguna vez me han dado. Por supuesto respondí a ese beso, y cuando finalmente nos soltamos no pude más que reírme y decir "Bueno, realmente tenías ganas de hacer esto" porque la verdad es que me besó a la milésima de segundo de habernos quedado solos. Y él me respondió "Si, quería hacer esto desde que te vi llegar corriendo con tu "little black dress". Asi que ya ven, no será diseñado por Edith Head, pero parece que mi outfit también causó una cierta impresión.

Me preguntó entonces si tenía planes para esa tarde, le dije que no, y me dijo que si quería podía mostrarme un poco de Rapallo y Santa Margherita Ligure desde lugares a los que no todo el mundo iba, y que podíamos después ir un rato a la playa hasta la hora del aperitivo.
Me pidió que lo espere mientras iba a buscar un casco para mi a su casa, y apenas tuve tiempo para sonreirle al mar pensando en lo increíblemente inesperado y casi movie-like que se estaba volviendo ese día, que ahí estaba él, tocando la bocina de su vespa NARANJA y haciéndome señas para que me acerque y me suba.

Creo necesario comentar en este punto que no me gustan las motos, y que un poco les temo, por eso nunca me subo a una.
Bueno, casi nunca xD

Recorrimos mucho de Santa Margherita, pasamos por diversos puntos de la costa, hicimos caminos en subida (la Liguria tiene mucho de montes regados por la costa, de manera que abunda en vistas increíbles), todas cosas que seguramente por mi misma no hubiera tenido oportunidad de ver.
Llegado cierto punto en el camino paró la vespa, se bajó y me dijo que conocía un lugar con unas vistas increíbles del mar, pero que ya no podíamos avanzar más en moto, que teníamos que subir a pie por unos senderos en el medio del monte.
Bueno...cómo explicarles? Encima me sale con esto...
A esta altura creo que ya estaba temporariamente enamorada; no me importó ni mi "little black dress", ni mis sandalias ojotas, todo muy poco apto para el camino, que ya estaba lista para la subida mientras él le ponía candado a su cliché italiano y la dejaba ahí tirada y escondida atrás de un par de árboles.

En unos 20 minutos alcanzamos el lugar que quería mostrarme. Era una roca bastante grande que sobresalía un poco del monte, desde dónde todo lo que veías era el mar encerrado entre otras colinas, y partes de ese monte en el que estábamos parados ahora; un enorme escenario de azules mediterráneos y miles de tonos de verdes en el medio del cual estábamos nada más él y yo.
Quisiera poder evitar la cursilería, pero supongo que siguiendo esto y haciéndose una imagen en la cabeza de lo que en ese momento yo estaba viendo, sabrán de antemano que mucho no me va a salir...
Después de un momento que por un lado pareció eterno y por otro fue brevísimo porque esa vista era casi un imán, mi ragazzo italiano me besó de nuevo. Me besó de nuevo por un largo rato. Tan largo que nunca llegamos a la playa cuando finalmente logramos bajar de ese lugar.

Fast Forward hasta el momento del aperitivo porque estamos en horario de protección al menor. Difícil fue despegarse cuando en mi teléfono apareció un mensaje de Rita, preguntándonos dónde nos encontrábamos para nuestra pactada cita.

Rato más tarde los 3+1 (porque estando ahí sentados se nos unió un norteamericano que vivía en Amsterdam y que estaba en Santa Margherita de vacaciones por 4 días), estábamos ubicados frente al Golfo del Tigullio con una hermosa "vista sul mare", tomando uno de los mejores aperitivos ever a un precio ridículo porque, claro, mi ragazzo también era de los que conocen a la gente que hay que conocer, por ende las delicias mediterráneas y los gin&tonic y los vasos de vino blanco no paraban de arribar de la mano del bartender que también compartió un rato y una bebida con nosotros.

Nuestro spot del aperitivo en Santa Margherita Ligure

Pero, todo lo bueno termina pronto, y pronto justamente se hicieron las 22 hs, y yo tenía que ir a hacer mi bolso, porque al otro día dejaba la Liguria rumbo a Milán nuevamente, así que con la noche ya sobre nosotros y con pesar, nos empezamos a despedir. Rita nos saludó como si nos conociéramos de toda la vida, y medio al oído me dijo que esperaba que mi aventura europea se extendiera y me llevara para Alemania, que ahí me esperaba con los brazos abiertos y un lugar en su casa.
Gabriele tardó un poco más en decir "Arrivederci" porque se ofreció a llevarme a la casa de Luca. Pocos minutos después nos despedíamos junto a la puerta con muchos más de esos besos de los que tantos (pero siempre pocos) ya habíamos tenido.

Acá es donde en letras de molde quedaría hermoso un "The End".

Pero, según parece no todo lo bueno termina (demasiado) pronto, porque 20 minutos después de dejarme en la puerta, mi bello ragazzo me escribía preguntándome qué estaba haciendo, diciendo que de vuelta en su casa estaba pensando en que no podía desprenderse tan rápido de mi, que dejara el bolso para mañana, que en 10 minutos me pasaba a buscar.
Pasado el ataque de risa por pensar que estaba hablando en broma, confirmación de que no lo estaba haciendo porque un minuto después terminó diciendo "Salí para allá" - tal vez leyendo en mis respuestas que me moría de ganas de que viniera a buscarme, aunque solo hubieran pasado 20 minutos de haberme dejado - , me encontré saliendo de mi habitación, dejando todas mis cosas desparramadas sobre la cama, con el bolso a medio hacer, anunciándoles a mis anfitriones que miraban la tele en el living que volvía a salir, y que los veía para despedirme a la mañana siguiente.

El final de esta historia no hace falta contarlo.

Ahora si:



jueves, 2 de agosto de 2018

Venecia - O sobre la ciudad de la que están hechos los cuentos.

Aunque ya vieron que el escribir está suspendido hasta la vuelta, a Venecia tenía que escribirle una carta de amor...


Tengo que empezar diciendo que a Venecia iba sin ninguna expectativa.
Más bien incluso preparada a decepcionarme, y preguntarme cuál era el escándalo a su alrededor. Nadie me había cantado loas a la ciudad de los canales, como sí lo habian hecho con Florencia, por ejemplo. Y hasta incluso me habian dicho cosas como "Venecia huele".

Cómo explicar entonces el efecto que me causó el primer día en esta ciudad, cuando después de dejar mi equipaje en mi casa en el Sestiere de Santa Croce, me fui directo a la Piazza San Marco, porque me pareció que era un buen lugar para que nos presentáramos, y de paso ver desde ahí la puesta del sol...

Por empezar que ni bien entré en la plaza por el lado del Museo Correr - que está en el extremo enfrentado a la Basílica, y es lo que se llama el "ala napoleónica" de la piazza - cual dibujito animado se me cayó la mandíbula del asombro.

Piazza San Marco

El conjunto conformado por el Campanile, la Basílica, la Torre del reloj, las dos columnas enfrentadas al canal y el Palazzo Ducale es verdaderamente magnífico.

Y sobre todo, extremadamente climático. Realmente te transporta a la época en la que Venecia era reina en Europa, una de las ciudades más pobladas, ricas, prósperas y majestuosas de entonces. Cuando era totalmente independiente, capital de la República de Venecia (la Serenissima), con gran cantidad de territorios conquistados y lider en comercio. Su posición marítima le facilitaba mucho las cosas.

Pero además, Venecia fue mucho más adelantada en cuanto a política y libre pensamiento. Si bien el "doge" se elegía entre las familias aristocráticas de la ciudad, no era una figura con poder absoluto y estaba sometido a organismos de control y justicia.

Como toda nación que hace sus riquezas del comercio - sobre todo marítimo, lo que implica viajes y exploración - y no de la posesión de la tierra, su mentalidad era más abierta, más en contacto con otros modos y culturas, más enriquecida por el intercambio.

Y me pregunto si algo de esto de aquel entonces, algo de este espíritu más libre y menos tradicionalista en comparación con sus hermanas europeas, aun sigue en la memoria colectiva o inconciente de la ciudad...Tal vez un poco de esto aún habita sus palazzos, sus canales o sus puentes, porque yo sentí para con ella una atracción y una afinidad inmediatas.

Tanto así que solo dos días después de pisarla decidí extender mi estadía porque sabía que no iba a querer dejarla tan pronto.

Ese primer día en Piazza San Marco, el amor fue total cuando el cielo empezó a cambiar de colores detrás de la isla de San Giorgio, al otro lado del canal, mientras se iba poniendo el sol.

Mi primer encuentro con el Canal Grande, con la puesta del sol.

Me sentí abrumada, enamorada, emocionada al punto de las lágrimas.

Venecia verdaderamente es "something else".









Mis gracias eternas a ella por estos dias juntas. Me fui sobrepasada de amor.

lunes, 9 de julio de 2018

Roma - Mi amor todo a la Ciudad Eterna.

Es claro a estas alturas que continuar relatando los días y sus historias cronológicamente es imposible estando acá. O escribo, o hago.
La elección es obvia.
Así que quedará como tarea para la vuelta - si es que tal cosa sucede 😜 -, cosa que también me servirá para no extrañar tanto este lugar.
(Y además, pongo pausa justamente en el día de mi romance italiano, cliffhanger para todos y todas xD)

Sin embargo, sí quiero decir algo de mi paso por Roma...

Gian Francesco Poggio Bracciolini, un humanista del S. XVI dijo sobre esta ciudad: "La más bella y magnífica de todas aquellas que ya sean, hayan sido o serán". Y si bien ésta es una aseveración muy extrema, y ciertamente Roma tiene mucha competencia en este respecto, sí les voy a decir que es una ciudad inolvidable. El arte le explota por todos los rincones, la historia que tiene - y las huellas que ésta ha dejado - es magnífica, y los personajes que la vivieron son fascinantes. Caótica y abrumadora como es, intensa y realmente calurosa por momentos, está tan viva que no pude hacer otra cosa que amarla.

Tengo miles de historias para contar sobre ella y sus lugares, pero hoy solo voy a contar una que tira por tierra un cliché y, por otro lado, voy a demostrar que la Fontana di Trevi - mi lugar favorito de Roma - me pertenece para siempre.

La Fontana di Trevi es verdaderamente la más hermosa fuente de todas las que posee Roma. No es solo porque Fellini la inmortalizara como ícono romano en su película La Dolce Vita, que tiene la fama que tiene. Pocos monumentos resultan tan encantadores a primera vista: al segundo de pararme frente a ella por primera vez se me cayeron las lágrimas. Enamora, así sin más.

Muchos proyectos se presentaron al Papa Clemente XII, quien encargo su construcción - incluso uno de Bernini, que les adelanto, se ha convertido en mi escultor favorito de los que han dejado sus huellas en Roma -. Finalmente, Clemente se decidió por un diseño de Nicola Salvi. Ya les hablaré más en detalle de ella, pero vean si no es una hermosura...

Fontana di Trevi

 Pues bien, resulta que mirándola en detalle descubrí lo siguiente:



Lo ven, no?

Va detalle para los cortos de vista:

Mi nombre en la Fontana di Trevi, ejem...

Así que resulta, amigues, que allá puedo ir por Roma gritando al estilo del loco de Cinema Paradiso "La fontana é mia".

En cuanto al cliché que vengo a derribar, tiene que ver con el Coliseo. 

Estarán ustedes familirizados con el famoso gesto del pulgar hacia abajo o hacia arriba con el cual el emperador de turno que brindaba al pueblo el espectáculo de la lucha entre gladiadores en el Coliseo Romano, decidía la fortuna del pobre tipo que ahí estaba, viendo si vería o no salir el sol un día más. 

En caso de que no lo estén - lo cual probaría por otro lado que no vieron Gladiator, y no sé qué esperan, con lo bueno que está Russell Crowe en esa película... -, acá mi compañera de aventuras en Roma y yo, se los ilustramos:


Paula y yo dentro del Coliseo

La verdad del asunto es que cuando un gladiador se veía a punto de morir podía pedir clemencia al emperador extendiendo dos dedos. Éste, a su vez, se volvía hacia la masa de gente para que ellos se expresaran y le ayudaran a decidir si perdonaba al pobre infeliz, o desataba la carnicería.

Hacía esto en una muy demagógica - y falsa - demostración de su consideración para con los deseos del pueblo. Pan y circo para engañar al pueblo, amigues, algunas cosas nunca cambian... 

La cuestión es que los gestos eran dos, pero no los dos que Hollywood nos hizo creer que eran. Si la masa quería que la vida del gladiador fuera perdonada, giraba su pulgar primero hacia abajo, luego lo llevaba a la palma de su mano y lo encerraba con los 4 dedos restantes, al grito de "Mitte". Este gesto significaba el pedido al gladiador a punto de matar "que vuelva a enfundar la espada", y de ese modo perdonarle la vida al otro a punto de morir.
Si en cambio, la masa giraba el pulgar hacia arriba y se lo pasaba por la garganta, al grito de "Iugula", significaba que querían ver sangre. 

Ya ven, miles de fotos en Instagram con los gestos equivocados xD.

Roma está llena de historias como ésta. Lo que la hace tan atractiva en relación a lo que uno ve, no es solo la historia que leímos en el colegio, sino todas las cosas que hacían a la vida cotidiana, o a los entretelones de los hechos más significativos tanto políticos o religiosos, como artísticos (De hecho, muero por contarles la catfight entre Bernini y Borromini xD. Pero eso será en una próxima entrega).

Por lo pronto, vayan mis gracias eternas a Roma por los maravillosos días que pasé allí.




miércoles, 27 de junio de 2018

Día 13 - The beautiful people

El domingo 17 de junio fue el día en que, con mucho pesar, me despedí de Cinque Terre. No es sencillo decirle adiós (o hasta pronto?) a un lugar al que llegaste después de tanta espera.

Pero, mi periplo seguía por otras zonas de la Liguria, y ese domingo le tocaba a Portofino.

Este pueblito marino es de los más exclusivos de Italia. Es muy lindo, con casas de colores a lo largo de la pequeña marina, y notás enseguida que es un centro turístico para gente de altos recursos, y también para gente que no quiere pasar desapercibida... Personajes como este abundan:

I'm too sexy for my shirt, too sexy for my shirt, so sexy it hurts... xD

Cantidad de pequeños yates y barquitos de todos los tamaños amarrados al puerto, tiendas de marcas como Balenciaga, Rolex, Louis Vuitton, mujeres producidas a nivel Kardashian a las 3 de la tarde... se hacen a la idea, no?

Pero este pequeño pueblo marino, en donde personajes como los señores Domenico Dolce & Stefano Gabanna tienen su villa, no siempre fue un centro de lujo. Y al tener Italia una unificación tan tardía, Portofino pasó por muchísimas manos.

Su origen es remoto: existía ya en la época del Imperio Romano con el nombre de Portus Delphini. En el siglo X, la esposa del rey Lotario II de Italia dona la aldea a la Abadía de San Fruttuoso (que aún existe, situada en una bahía de sueño, a la que solo se llega por mar o caminando unos 15 km).

Unos doscientos años después pasó a formar parte de la jurisdicción de Rapallo (el lugar en donde yo me quedé por los tres días que anduve por la zona), para pertenecer así indirectamente a Génova, de gran importancia marítima durante el medioevo (de su puerto salió Colón, se acuerdan?)

La verdad es que es muy lindo, y vale la pena subir hasta el faro porque las vistas desde ahí son hermosas:

Vista del mar de Liguria desde el Faro de Portofino

Portofino vista desde el camino que lleva al faro

La verdad es, también, que disfruté enormemente sentarme en una mesita de un típico bar de la Piazza Martiri dell' Olivetta a tomar un aperitivo en una de sus mesitas frente al puerto (acá fue, de hecho, donde el Aperol Spritz y yo nos conocimos y empezamos un romance que duró toda mi estadía en Italia 🤣).

Marina de Portofino

L' Aperitivo, costumbre arraigadísima entre los italianos

Pero, también es cierto que encontrarme con gente tan fancy pants y con tanto deseo de ver y ser vista me causó un poco de gracia.
Vale la pena dedicarle una tarde, y si se puede llegar por mar es aún mejor (cosa que yo hice un día después, aunque esa es otra historia), pero no es un lugar en el que yo me quedaría más tiempo que ese.